EL ESCRITOR

EXAMEN FINAL DE CARRERA

 

 

Año 1992, mes de junio, ESIC. Angustiosa etapa de exámenes finales, ésa en la que el nudo parece haber encontrado en el estómago su hábitat permanente. Etapa en la que las tilas para calmar los nervios son continuas y enormes las ganas de que acabe ya todo de una maldita vez.

 

Examen de Marketing Internacional.

 

Esta asignatura me gus­taba bastante porque, entre otros temas de interés, con ella se aprendían las condiciones de distribución de mercancía entre países y formas de llevarlas a cabo según las diferentes legislaciones de los mismos. Estudié las condicio­nes FOB (Free On Board), FAS (Free Alongside Ship)... en las que se habla­ba de quién y cuándo tenía la responsabilidad de la mercancía, el compra­dor o el vendedor, cuando un barco las transportase de puerto a puerto. El profesor de la asignatura era muy simpático y eso hacía el aprendizaje aún más agradable. Por aquel mes de junio de 1992, para la prueba final de esta materia, estábamos todos los compañeros de quinto curso distribuidos por varias aulas, nerviosos y agarrotados. Nuestro estado mental y físico era caótico. Nos co­locamos dos alumnos por fila de manera que no se pudiesen copiar los unos a los otros.

 

El acto de copiar es, como todos supongo saben perfectamente, una acción muy repetida en la vida de estudiante en España. Sin embargo, este hecho está mal visto en otros países, hasta el punto de que un compañero puede delatar a otro si le ve copiando. Por ejemplo, en las universidades americanas e inglesas, y en muchas de otros países con diferentes culturas a la española, lo normal es que los estudiantes vayan al examen preparados, exclusivamente, para completar sus pruebas por sí solos. De esta forma, en caso de no recordar lo estudiado o de no poder expresarse convenientemente so­bre lo preguntado, entregan sus papeles tal y como lo han hecho. Di­fícilmente se encontrará un estudiante que le eche el ojo al otro o intente leer el libro o los apuntes que tenga en la cajonera. Estas cosas están mal vistas por todos los alumnos en general. En particular, se pueden encontrar ejemplos en los que, si alguien está haciendo el examen y ve a otro inten­tando copiar, en cualquiera de sus formas, le delate, con la consiguiente expulsión de la sala de este último por parte del profesor.

 

Sin embargo, todos sabemos que en España el hecho de copiar en los exámenes está a la orden del día. Existen muchos, muchos casos, y muy a menudo además, en los que se superan todo tipo de pruebas sin que el alumno adquiera conocimiento alguno de la materia. Hay muchos métodos para conseguirlo de forma exitosa: se copia del que está a un lado, se soplan unos a otros, se hacen toda clase de chuletas (desde las clásicas escritas en un papelito, que sacan discretamente en mitad del examen para copiarla íntegra, hasta apuntes enteros escritos en un bolígrafo bic para, mientras se va escribiendo, se va copiando todo). Otra técnica consiste en ponerse diminutos auriculares en el oído, y un micrófono conectado con un conpinche situado en algún lugar fuera de la clase, con acceso a las res­puestas, le va redactando las mismas.

 

Volvamos a mi examen de Marketing Internacional. Como decía unas lí­neas más arriba, se sentaban dos alumnos por fila, bien separados, de ma­nera que no se pudiesen copiar los unos a los otros. Empezó el examen. Teníamos, en principio, tiempo de sobra para completarlo pero claro, ya se sabe, con eso de los nervios, todo espacio de tiempo te parece poco... Yo me había estudiado a la perfección todo el libro, a excepción de un par de temas. Tenía la maldita costumbre de dejar siempre sin tocar alguno de ellos pensando que no caería seguro, que no tendría la mala suerte de, con tanto apunte, me fueran a preguntar exactamente lo que no me había estudiado. Me comportaba como si quisiese jugar a la ruleta en un casino debatiendo si apostar par o impar, si jugármela a falta o pasa, si elegir rojo o negro... y apuesto al rojo porque tengo clarísimo que va a salir rojo... pero sale negro. Eso, en parte, fue lo que me pasó en el examen.

 

Recibí las pre­guntas y empecé a leerlas detenidamente. Primera... ¡PUTA MADRE!, todo controlado. La segunda... ¡PUTA MADRE!, controlado también. Tercera... ¡CAGUEN DIEEEZ!, uno de los dos únicos temas del que no tenía ni idea. Cuarta... ¡COJONUDO!. Quinta... ¡JODER, LA LECHE!

 No podía creer lo que estaba pasando: me había empollado el libro entero excep­to dos temas y, de cinco preguntas, me caen dos relacionadas con los dos únicos que no había mirado. Pensé fríamente y con calma, dentro de lo que cabe claro ‑considerando la tensión que implica ir a contrarreloj en esos momentos‑ y me dije a mi mismo: Borja, tienes dos opciones: si con­testas de forma impecable a las tres preguntas que te sabes de rechupete, consigues seguro un aprobado (las preguntas no estaban ponderadas, te­nían el mismo valor todas ellas por igual). O bien, puedes echar mano del libro que tienes a tu lado, por supuesto con mucho tacto y precaución para que no te vea el bedel (persona encargada de vigilar a los alumnos), y co­piar lo que se te antoje. ¡CARACOLES! Contestar sólo 3 preguntas o copiar sin que me vean. Contestar sólo 3 preguntas o copiar sin que me vean ¡Dios mío! ¡Qué tensión! ¡Qué nervios! ¡Qué agarrotamiento! ¡QUÉ MIERDA PIN­CHADA EN UN PALO! De cinco preguntas, me caen dos relacionadas con los dos únicos temas que no había mirado.

 

Me empecé a comer la cabeza de tal forma que las gotas de sudor que caían por la frente pere­cían casi goterones de agua en el diluvio universal. El tiempo corría y no había co­menzado a escribir. Seguía corriendo y yo continuaba agilipollado. Había que hacer algo, no podía continuar con ese estancamiento. De pronto, me serené. Me controlé e hice gala de la frialdad que me caracteriza en situacio­nes límites, y pensé: ni una cosa ni la otra: ¡esto es lo que voy a hacer!, ¡CON DOS HUEVOS! y os juro por Dios que, de verdad, es lo que hice. Yo estaba sentado en primera fila junto a la ventana. El bedel ‑era un extra, no pertenecía e ESIC‑ que nos controlaba ese día parecía buen tipo. Al menos, es lo que yo quería creer. Aproveché un momento en que sus ojos, por casualidad, se cruzaron con los míos, para comunicarle, de forma sutil y con extrema frialdad y seguridad en mí mismo... voy a coger el libro. Se lo dije vocalizando muy lentamente, al mismo tiempo que mi mano izquierda señalaba el lugar de la mesa (cerca de las hojas de examen) donde estaba éste. A continuación, y habiendo quitado ya mi mirada de su rostro y si­tuándola en el nuevo destino, comencé a pasar páginas, muy despacio, hasta encontrar las que contenían las respuestas de esas dos fatídicas pre­guntas, esas jodidas preguntas que me habían roto los esquemas, que me habían puesto en la tesitura de pensar que todo estaba ya perdido. A partir de esos instantes, en cada milésima de segundo que transcurría mientras buscaba las hojas clave, con la intención de copiar la información requerida, pensaba y temía profundamente que la reacción ‑natural‑ del bedel fue­ra la de acercarse a mí, coger mi examen de la mesa y decirme: ¡Hasta lue­go Luca! (no hombre, no, es broma)... acercarse a mí, coger mi examen de la mesa y llevárselo, en clarísima e irremediable alusión a que tendría que acudir de nuevo a la próxima convocatoria, allá por el mes de septiembre.

 

Qué grande fue mi sorpresa cuando, durante esas milésimas de segundo y en los segundos posteriores, nada extraño ocurría. Yo pasaba lenta pero que muy lentamente las hojas del libro (para que ningún otro alumno oyera el crujido de éstas) hasta localizar lo que quería y el bedel ni se me acercó. Con toda seguridad me atrevo a afirmar que se había dado cuenta del su­percopieteo. Por lo tanto, pude comprobar que la frialdad que me demos­tré a mí mismo durante esa gran copiada fue descomunal. La jugada me podía haber salido mal pero me salió bien. Arriesgué y acerté. Aposté fuerte y gané. De esta manera pude acabar el examen de manera completa y justa (diría yo) ‑lo completé de forma acorde a la chapada que me había metido en mi casa durante muchos días‑.

 

Al acabar de escribir recogí mis cosas, me levanté, dejé el examen junto a los otros que iban dejando los demás alumnos, en una mesa cercana a la pizarra, y me dirigí a la puerta con la intención de irme a casa, feliz y con­tento porque la cosa había salido bastante bien. En la puerta me crucé con el bedel, le guiñé el ojo, le dije ¡Gracias! en voz baja y me fui más con­tento que un niño con zapatos nuevos.

 

Obtuve una calificación de 8 en la nota final.

 

 

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Comentarios

te digo qe en vez de arriesgarte a que te pillaran hubieses desarrollado muy bien los tres temas que sabías y zanateado en los otros dos. Para cuando el profesor llega al cuarto tema ya te ha colocado la nota con los otros tres poco leen despues

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